sábado, 16 de abril de 2016

El bucle


Por si acaso a nuestra suerte le da por acabarse, hoy diré que no, que no soy feliz ni he pretendido serlo, porque prefiero que la vida me haga saltar de alegría y emoción al ritmo de los latidos de una batería, desgastada de tanto gritar lo que los silencios no se atreven a cantar, por si a alguien se le ocurre cortarle la lengua, por miedo, por haber aceptado una represión comprimida en cápsulas que, de acuerdo con la receta médica, va bien tomarse antes de cada comida. Y dar vueltas hasta acabar embriagada de tantos pestañeos al son de ritmos frenéticos que me devuelvan a la depresión del alma cuando la hipocresía de las noticias se cuele entre mis orejas. Las verdades no se pueden matar. Ni pistolas, ni fosas, ni banderas, ni los vencedores que escriben la historia entre páginas deshechas han conseguido eclipsar las ganas de suicidar esta sociedad amarga para hacer de la humanidad nuestra única patria.

Empiezo a creer que no estamos tan ciegos como nos hacen ver, y que, no es que caigamos en el bucle del abismo al repetir los errores de siglos anteriores, sino que directamente lo buscamos, lo ansiamos. Que visto el circo de la farsa en la que nos ha tocado sobrevivir, nos alimentamos de rabia, porque muriendo así, de algo hay que vivir.



Pero esta conga no se detendrá, no hay remedio cuando la enfermedad se genera en laboratorios de ovejas amaestradas que sólo esperan encontrar un pastor al que seguir, fielmente, sin preguntar, sin mirar más allá, sin luchar por la sangre que todavía corre por nuestras venas. Para llegar hasta el paraíso prometido, el campo de concentración al que muchos prefieren llamar refugio, del que nos hablan desde mucho antes de nacer. Otros eligen llamarle hogar, sin saber que el mundo está ahí fuera, sin dejar de girar, mientras sólo con capaces de admirar cuatro paredes que les envuelven, que antes fueron aire, y pronto se derribarán dejando paso a las cenizas de un polvo que luego se volverá a levantar formando nuevas paredes. Que si el juego del esclavo se acaba ¿qué nos queda? Mejor mantenerse precavido a atreverse, en un acto de rebeldía, a abrir unos ojos que nos fueron dados para mirar. Mas, ¡oh dios mío! ¡Líbranos del pecado de mirar! 

Pues no estamos aquí para sentarnos a mirar, sino para levantar puños con nuestras miradas, quemar las leyes que nos imponen en contra de la naturaleza que ruge en todos y cada uno de nuestros estómagos, y para romper con ellas los barrotes que nos oprimen, porque como un amigo escribió en algún papel: hay peores cárceles que las palabras, pero aun así, yo añado que, éstas pueden hacernos explotar el pecho en mil destellos de fuegos artificiales, transformando en su combustión las lágrimas de la represión.




miércoles, 23 de marzo de 2016

Éste y otros mundos

Gestos lentos que me hacen creer en la humanidad de nuevo. Quizás sí exista algo más allá del qué dirán y de la hipocresía con la que nos maquillamos el alma cada día, antes de salir al ruedo.
Somos la arena de esta playa que nos refresca, que nos mata. La misma que nos levanta antes de recaer en la cama.

Puede que seamos demasiado jóvenes para soportar el peso de nuestras almas sin cuestionarnos qué hay al otro lado.

Y de repente, la muerte.

Si somos el tiempo que nos queda, ¿lograremos prolongarlo siendo los siervos de una guerra encubierta a base de etiquetas que dictaminan cuál es el precio de nuestra felicidad?
De una felicidad que, de tan vendida y repetida, olvidamos que es mentira.

No somos capaces de reconciliarnos con nuestro reflejo, pues los cristales están manchados de cada uno de los crímenes que se cometen en nombre de los imposibles que, por haber dejado en manos de unos asesinos en serie nuestra imaginación, hemos fusilado en un cajón. En el cajón de la indiferencia. En ese cajón del que no se puede salir, solamente entrar. Y esos malditos vídrios, son los que nos escupen a la cara el valor que nos falta para vivir sin reprimir.

Mientras tanto, nuestros pies han recibido la orden de no dar marcha atrás, y seguir delineando con cada paso el contorno de los escaparates.

El secreto que custodia el sol cuando se esconde, desploma nuestro entendimiento, y en un acto de soberbia consentida, trataremos de superarle tirándole piedras.

lunes, 14 de marzo de 2016

A contratiempo



Si buscamos tristeza, somos capaces de encontrarla hasta en el fondo de un vaso. Aquí, tanto las excusas como las prisas sirven de muy poco, y sin embargo, las consumimos a contracorriente, como si del último trago se tratase. 

Corazón no te desgastes todavía, que faltan muchos días por quemar y cigarrillos que matar entre charcos de emociones mientras sostienes el alma con un dedo, entre el suelo y el cielo.
Somos esclavos de la nada, tan dispuestos a desmontarnos y tan complejos al reconstruirnos ¿pero qué esperas? Si no existe manual para unir tantas piezas. 

Nuestras cabezas flotan en mares de ideas, y son ellas, no nosotros, las que secuestran nuestra voluntad para salir a respirar. 

Inspiro. Suspiro. Inspiro. Suspiro. Todo sigue un ritmo en esta ciudad. Como mecanismos, estamos programados para engrasarnos las tuercas cada vez que perdemos el hilo del compás.

martes, 8 de marzo de 2016

Clavículas cruzadas

Porque tus ojos gritan el repertorio de mares que te hubiera gustado surcar, y de los que reniegas navegar por quedarte un suspiro de más conmigo. Y así poder explicar que las gaviotas tienen la culpa de que las alas del viento no quieran volver a volar sin sentir que lo que las impulsa no es otra cosa que tu aliento.

De carne o de cera, llámeme como usted prefiera, que nunca un loco enamorado de semejante doncella murió más por la locura que albergaba en sus venas que por cuerdo.
Mas aquí sigue un alma encerrada que de tanto reconstruir tu silueta cree ver cuervos donde antes se apoyaban tus pechos. Ya no hay lechos ni techos que consigan acabar con la pobreza de una mente inerte, de un cuerpo que acepta venderse a la gravedad cada vez que puede por cuatro perras.

Que vale, que sí, que el colchón ladeado por culpa de la lámina rota del somier que lo soporta, me recuerda cada vez que me acuesto, que no fue solo un sueño, que hubo un terremoto sobre estas cuatro patas de hierro que aguantan a duras penas esta balanza desequilibrada que siempre acaba hacia el mismo lado decantada, y me demuestra que, de las mejores ocasiones se puede salir con la piel a moratones, que hasta el mayor de los placeres, (dormir), puede quedar eclipsado y narcotizado durante días gracias al chute de adrenalina que provoca mezclar la esencia de dos almas en explosión al ritmo que marcan los gemidos de las gotas de sudor, y no de lágrimas, que dibujan cascadas imaginarias sobre nuestras espaldas desnudas, rojas, y, arañadas de ganas de probar a qué sabe el éxtasis, de provocar al mundo entero con la desfachatez de follar sin máscara, a pelo, con la ventana abierta por si superábamos la temperatura de las cámaras de gas y la vida ardiendo, sacándo lava por cada poro de piel que nos empapa un vacío sin vaso del que rellenar cuando el sudor se vuelva rocío.

domingo, 21 de febrero de 2016

Intenciones

Ni el fumador dejará su vicio por mucho que se prohíba, ni el corazón olvidará el hilo del que pende para salir volando.

Encadenada a la noche, víctima del vaivén que produce la marea en las olas de plata de estas venas muertas de pena. Robándole horas al sueño y justificando el suicidio de un despertador. Cualquier hora es buena para mordisquearse a locuras. Cualquier hora vale para dejarse caer.

 No le preguntes a mi tibia porqué ya no soporta contar los cuadrados de las aceras si al caminar se distrae dándole la vuelta a las malas ideas. Si no estás hecho de plástico, de poco sirve un radiador al que acercarse para recomponerse.

Menos mal que la piel que nos nutre saca a relucir todas sus heridas antes de abrir los ojos. 

jueves, 4 de febrero de 2016

Rebuscando en el vacío

A solas soy capaz de reconocer más cosas de las que desearía y menos de la cuenta que recuerdo llevar. Así que aprovecho los fugaces y escasos momentos de soledad para lanzar al viento algún que otro grito mudo, donde dejo condensados los instantes que a la inocencia le he robado. Pero no todo podrían ser llantos.

Ahora es uno de esos momentos. Y debo decir que últimamente no ha venido ninguno a sacudirme. Me extraña, ya que yo vivo por dentro, y lo que pueda parecer por fuera nunca ha sido ni de mi incumbencia ni de mi agrado.

El tiempo es traicionero, y siempre jugará contra nosotros. Demostrándonos la efimeridad de un segundo y la impotencia de querer morir antes de hora. No dejaremos de ser esclavos del viento. Que si ensuciamos el aire que respiramos es porque queremos que la ropa cale bien hondo en nuestros pulmones para ver que, aunque por fuera el mundo esté jodido, nosotros no podemos dejar de pertenecer a él y ser la fruta sembrada que recogemos.

lunes, 4 de enero de 2016

Entreguerras

Trato de dejarme la concentración en unos números que no me dicen nada, y como no es cuestión de ser doctorado en economía el saber que todo pasa cuentas, la pluma de la poca imaginación que aún no han matado, sale huyendo del papel y se embarca en los brazos del pasado que de tan destrozado no quieren que sepamos. Queda tanto polvo por limpiar… Pero los escalones de la tortura no se pueden bajar hacia atrás.

Mi batalla no sabe de lanzas ni de espadas, tampoco de adoquines arrancados ni de enemigos fusilados, mi batalla son los ojos de unos seres andantes, que de tan acomodados a las costumbres, se han vuelto de plástico.

Mi batalla trata de sobrevivir a las cadenas que la llaman, mi batalla no entiende de guerras más allá del corazón. Mi batalla se muere de ganas por unos labios que no ladren los consejos de la televisión. Mi batalla se desespera cuando espera en el semáforo rojo y vuelve a encontrarse si camina en dirección contraria a la razón.

Mi batalla muere con cada despertador que suena, tiembla con cada sueño que se quiebra, para después tomar el sol sobre mi tumba de cristal mientras me narra algún cuento de una vida tan irreal como la nuestra.