sábado, 14 de noviembre de 2015

Girando en plano

Ya hemos pasado por esto, la decepción nos ha lijado un centenar de veces con su furia, y a pesar de ello, no lograremos detener a la 101. Masas de carne que aparentan sentir lo que contradicen al sacar su lengua a pasear por los confines de un mundo mutilado. Tratamos de tender puentes sobre ríos secos, creyendo que nunca se apagará el sol. Antes de presionar una tecla, sabemos que el punto le pondrá fin al espacio.

Ya hemos pasado por esto.
Ya lo hemos hecho.
Y ahora volvemos a hacerlo.

No somos nada

Vuelve a no ser casualidad que aparezca como primera opción la canción que predica el silencio que se ha hecho entre tú y yo. Ninguno de los dos fuimos víctimas. Despuntamos con la fuerza de un ciclón nuestros cuchillos y los lanzamos al aire con el impulso de los truenos de las tormentas de octubre, ahora bajan a buscarnos. Poco o nada que reprocharles. Palabras que pierden su sentido antes de que rocen sus filos. Nadie vence a la furia del viento, a la indiferencia del tiempo, ni a la muerte súbita de un recuerdo. De igual manera que de amor no se muere, que en todo caso se muere de asco.

Asco. Asco y más asco ronda por todas las esquinas del ocaso. Si nos nos encontramos por el bar, ya me encargaré de soñar. Soñar que no nos cortan las alas antes de despegar, y sentir entre ronquidos que no formamos parte de eso que llaman humanidad. Aquí las personas nos matamos por trozos de metal adornados con la cara de cualquier general. Lo único que somos a los ojos de quienes no quieren mirar es el dinero que nos queda. Pero el sueño permanente como estado de vida queda prohibido, por eso invertimos en siestas de medio litro. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

Almas de cemento

La maldición que echamos sobre un número resulta tan irracional como gastar una vida en entender el porqué de la muerte sin que sea ella quien primero te encuentre.

Qué bello sería este paseo si permaneciéramos mudos, sordos y ciegos a las llamas que las flechas nos disparan apuntando directamente a la sinrazón en cada azotea, al tratar de volar sin considerar que hemos de hacer el viento soplar. Sólo queda añorar cuando se siente tan de cerca la libertad. Como una roca sobre mi conciencia se desploma el mundo que creo al andar.

Quizás de tanto pintar pájaros azules sobre aceras que no devuelven el canto del llanto de sus lágrimas se nos olvidó lo seco que está el cemento que pisamos.
Quizás el "quizás" se ha marchitado en demasiados de los ojos que leen unas páginas que no lo han nombrado ni una sola vez, y nuestras almas estén condenadas, innatamente, a la inocencia de desprenderse cuando se hieren con su propio hierro ardiente.

No por llover menos la hiedra deja de crecer. Con casas en ruinas y manos desgarradas por el atropello del reloj, se oyen a lo lejos los murmuros de los que llevan días descansando bajo una cruz de hierro al amparo del Sol de invierno.

Ni rojos ni negros eran sus pesares, mas de colores se tiñeron hasta lograr acabar con su vida dentro de un disfraz. ¿Todavía permanecen los charcos frente al hogar?

Jamás podré olvidar todo lo que me queda por conocer.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Tempestades

Niños. En la etapa más primitiva. Niños. Vestidos con adornos de animales que nos recuerdan que en fondo somos lo que valemos, porque este sistema no tiene otro fondo. Pozos que acumulamos la pobreza sin más fondo que el hueco que nos deja. Veleros sin viento que se estancan en la costa antes de que los marineros puedan despedirse de sus esposas. Somos los que hacemos levantar el viento sin lograr cambiar ni siquiera el color de la mirada. Aquéllos que se despiertan con ideas y se acuestan suicidándolas. Pasión. Ardiendo a contrarreloj bajo una rutina impetuosa que se nos clava como el veneno de la araña al sonar el despertador. 


Si fuera hoja, si fuera como dice la canción “palmera plantada enfrente del mar sin pensar en respirar si quiera”, o si “viviera como animal”, no podría escribir mis pensamientos, porque quizás ni siquiera los tendría. Hoy quiero salir a pelear, ya hubo tiempo para llorar. A pesar de que haya cambiado las paredes por otras, siguen siendo la misma soga que me ahoga. Vamos a vibrar como copas de champán al chocar.

Las emociones son tan fugaces como el producto del champán que se nos queda en el recuerdo, por eso suben y bajan como sus burbujas. Sí, si hablamos sin rodeos con la mirada puesta en el hueco que nos sobra entre pecho y espalda, (cosa complicada), diremos a la vez que no somos seres conformistas. Cuando conseguimos algo, cueste lo que nos haya costado, siempre, siempre, y siempre, buscaremos algo que en apariencia sea mejor a lo que ya suponemos tener bajo nuestra trampa. ¡Que los errores, que vivan todos ellos! Porque nos hacen mejores. Si se aprendiera de las buenas experiencias no estaríamos de vuelta al pasado. 

Que sólo somos lo que nunca hemos buscado. 

A veces minas enterradas esperando ser pisadas, y otras, atacantes de primera línea que se dejarían atravesar por los argumentos de cualquier soldado antes que demostrar que están en contra de la guerra. En ambos casos salimos perdiendo, perdiéndonos. 

Un punto entre tantas estrellas, entre miles de millones de constelaciones que ni siquiera se han dibujado ellas, que las han pintado otros con la cola de su fama. Quizás no han sido sus pasos sino sus zapatos los que las han llevado a ganarse un pedazo de aire. Y yo, sigo aquí, con los ojos más rojos que nadie. Hoy el alma se lava con lija. Con la lija de la realidad más cruda, con esa que sólo provoca roña donde antes había heridas. Ni cicatrizar ni tapar, hay que sacar las heridas a relucir, que sino, salen solas, porque siempre salen, y encuentran el idóneo camino para hacerlo; el único posible.

No hemos nacido para vender nuestra imaginación, hemos nacido para que nos la despedacen. Sentirse diferente cuesta tan caro, que de vez en cuando conviene recordar que todos lo somos.

viernes, 16 de octubre de 2015

Pellizcos al ayer

Y si vuelves no hará falta que te diga que me sobran recuerdos en los que aspirábamos humo juntos, que no se me han olvidado, sólo hace falta que le quites un poco de cal a esta pared que se ha formado a mi alrededor para contarte entre cañas que me gustó. Que si sonrería era de verdad, y cuando dejé de hacerlo también. No guardo tragos amargos, simplemente lecciones de vida, de supervivencia mejor dicho. De esas en las que las decisiones se toman solas, porque de hecho, ya estaban tomadas. Qué fácil es echar la vista atrás cuando conviene... Y qué difícil cumplir con lo que se piensa.

Ahora que aprieta el frío reconozco que sabía que llegaría la hora en que, con las piernas cruzadas, se pasearían por mis interiores las brumas de tu persona. Quizás he estado esperándolo, y al final ha llegado más tarde que pronto. Hay ocasiones en que, mientras todo pestañeo apunta hacia el mismo lado nosotros perseguimos el viento que se mueve en la dirección opuesta, y otras en que, cuando el huracán ya ha pasado, decidimos avivarlo a llamaradas de letras, que esconden ideas que esconden suspiros que camuflan lo dicho y lo que no se dijo, que a su vez dibuja sobre un lienzo de aire aquella mañana por la que deshicimos el resto de noches que no sabíamos que aun nos quedaban.

Pero el compás del tiempo no avisa. Nos pisa con prisa cuando nos detenemos y no nos deja avanzar al tratar de chocar.
Y la traición no crece en los recuerdos, sólo nosotros somos nuestros propios prisioneros. Prisioneros de la fe que eleva barrotes donde nadie los ve, prisioneros de andar buscando constante y desesperadamente un porqué, prisioneros de lo que se fue y de lo que no conocemos que no va a volver, prisioneros de una vieja amiga que siempre anda un paso por delante de nuestras expectativas a la que le solemos hablar en sueños, cuando nuestra boca está cerrada y nuestros mundos abiertos. La esperanza.

En este estercolero perfumado lleno de una clase de borregos que se empeñan en seguir puntos que no llevan a unirse ni siquiera entre ellos, somos nosotros quienes pintamos formas sobre las estrellas, quienes fabulamos a nuestro antojo con ellas, los mismos que abren puertas en lugares donde no hay bisagras puestas.

Pistola y flor. Según nos convenga cambiamos de olor.

Por eso, aunque me reconforte no sentirlo, puedo reconocer tu aroma en mi registro.

martes, 29 de septiembre de 2015

Disparando al espejo



Vanidad, orgullo y silencio.
Son las huellas que va dejando la indiferencia sobre nuestras almas. 
El rencor no es para mí. Tampoco el perdón. 
Sé lo que un día fui, y a pesar de que jamás volvería allí, no reniego de lo que aprendí. 
Los latidos de mis sueños entre la euforia de esta matanza son los que me impulsan a no seguir un hilo de razón. La soledad nunca estuvo de más y le abro las sábanas para que siempre que quiera pueda acostarse a mi lado. El rumbo se derrumba cuando mis pestañas retumban hacia el infinito. Que no existe, que sí, tampoco existe la esperanza, la ilusión ni la libertad, y aun así seguimos muriendo por ellas al intentar encontrarlas. No podemos reprimir las ganas de volar dentro de un jarrón de cristal. Lo rompemos, y sangramos antes de notar el dolor. Después sufrimos. Intentamos curar con saliva las heridas que nosotros mismos nos hemos provocado. Y es que la ironía trágica es  la esencia de esta vida. 



sábado, 26 de septiembre de 2015

Luna de sangre

Cuando intentas ser mejor de lo que has sido es porque has encontrado ese motivo del que siempre habías huído. No me lo tengas en cuenta, que por mucho que retumben las montañas de mis entrañas, voy y vengo con el viento, y si no sopla me lo invento.

Soy experta en el suicido de palabras, que de tanto merodear entre mis sesos a veces se aburren y se cuelgan del corazón. Por eso, en vez de latidos, se escuchan sus tumbas. Piedras, al fin y al cabo, que no lograrán contar ni una pizca de todo lo imaginado, pero que les brindan un techo más firme a esas ideas cuando se deja caer la lluvia por estos mundos desalmados que el papel en el que las abandono.  

Puntos y aparte que no separan historias; significados que se pierden al tratar de descifrar los. Barro que vemos como oro cuando dos puntos se unen uno encima del otro. "Seres de carne y verso". Ventanas abiertas con sus persianas bajadas.
¿Sabes desde qué momento te da miedo la luz del sol? Yo no.

Que si la luna me apunta con su fusil, yo me desespero por buscar el punto exacto donde se le ocurra disparar, no vaya a ser que reboten sus balas contra algo más frágil que mi piel y pierda la oportunidad de seguir nadando en mares de ácido.