miércoles, 26 de agosto de 2015

Velada incierta

Somos marionetas de la incertidumbre que se mueven al compás de unos latidos llenos de ilusiones. Se nos salen las ganas por todos los poros. Se nos marca el ansia en la miarada, imaginando que cada persona que pasa es aquella que esperamos.

Los sentimientos no paran de dar patadas a esta caja fuerte donde un día les obligamos a permanecer entre desgarro y polvo, y nosotros empujamos, empujamos, sólo hacemos que empujar aun sabiendo que acrecentamos su rabia. Quizás en el fondo queramos que nos invadan el aire que respiramos, y necesitemos embriagárnos con ellos. Quizás el destino siga siendo tan caprichoso como siempre, y nos ponga en la punta del acantilado a empapar la piel de sal sin  llegar a mojarnos cuando apriete el sol. Y solamente quizás saquemos a pasear nuestras armas una vez más contra las alturas, y caigamos al agua provocando un tsunami con el peso de nuestra locura.

Que no hay más loco que quien se arriesga, ni más necio que el que cree ser piedra por haber visto a su alrededor unas cuantas rocas. No tendremos escudero ni un rocín por corcel, pero nos sobrarán sinsentidos para hacer camino y canciones donde refugiarnos cuando aceche el frío.

sábado, 8 de agosto de 2015

Cuestión de cuestiones

¿Y al final qué es la vida? Si de tanto desgastar nuestras piernas hemos vendido al amor para invertir en una libertad incierta, si nunca la damos seriamente por perdida antes de conocer que la muerte es su amiga. Si vamos regalando versos sin ton ni son a llantos y despedidas sin que nos lo hayan pedido, si al final resulta que sólo somos caritativos con nosotros mismos.
Si lo escribimos todo entre signos de interrogación sin pasar a la acción. Creo que si hubiera algo que realmente nos apasionara descubrir, ya lo deberíamos de haber hecho, sino, somos indignos de la curiosidad.

martes, 4 de agosto de 2015

Alfileres

Por fin ha llegado el momento de empezar a desquitarnos de la porcelana que protegía la bubuja que la emoción nos hizo crear en medio de un campo de cactus, y de pintarnos de negro para salir a cazar luciérnagas. Ya tocaba respirar el humo de los coches a bocajarro y escuchar los truenos deseando estar allá arriba para deslumbrar antes que ellos.

Ahora nos toca ser la llama que prenda cualquier excusa para encajar entre las cuatro patas de cama ajena después de la penúltima copa de más. No pensar en el qué pasará, sino hacer que ocurra lo que vaya a ocurrir. Dejarse llevar. Revolucionar los motores y follárnoslos en en preciso instante antes de que exploten. Hacerse notar. Fingir saber hacia donde va la gente, para ir a contracorriente, y así, distinguir nuestras huellas sobre el cemento, y hacer cambiar las direcciones, sin prejuicios, puro instinto animal.

Ha vuelto el momento de retomar la tormenta. Gritar al compás de la piedra que cae sobre el tejado que nunca se ha estado tan muerto como hoy, y que a pesar de eso, el barro en los tobillos ni me molesta ni me ha impedido continuar.
Saldaré mis deudas con la lluvia y le rendiré a sus pies todos los amaneceres que me pida, le susurraré que he venido a expurgarme del disfraz que llevé puesto durante el tiempo en que dejó de darme miedo.

Daremos oportunidades a los perfumes más insospechables. Los animales en cautividad, si se liberan, no saben por dónde comenzar a matar. Menos mal que, aunque me pintaran entre rejas, nunca me dejé capturar, y antes de estar en libertad ya había cogido impulso suficiente para clavar mis dientes sin mirar atrás.

Untar con soberbia las ganas de más y mezclarlas con la avaricia de echar de menos, para luego, convocar a una orgía benéfica a los espíritus más despiadados del subsuelo, y que se asusten de todo lo que hemos hecho. Aquí ya no hay polvos mágicos para olvidar, cada uno se tiene que elaborar su autodestrucción.

Pero hasta que deje de latir este corazón... Seamos sensatos y no desperciciemos ni una partícula de alcohol, ni una serenata a la madrugada, ni un desconocido por almohada.




lunes, 27 de julio de 2015

Números rojos

Fuimos rosas robadas del jardín de las pesadillas, las aspas de una cruz que sólo se unen en el epicentro del dolor para después continuar su trayectoria hasta el próximo punto.


Lo supe desde el principio, supe que éramos rosas. Que nacimos y moriríamos, aunque el mayor suplicio fuera contener estas repentinas ganas de morir a medida que más nos adentramos en la vida. Supe que nada de lo que estábamos haciendo caería en el olvido, y que eso nos convertiría en ejemplares de polvo encerrados en una vitrina, unos ejemplares respetables.


Supe que la cara negra del día nos invadiría, que tarde o temprano, nuestro afán por derrotar al sueño mientras los demás dormían, nos despertaría a gritos  en pleno mediodía. Que las sábanas enmudecerían. Que las almohadas se cansarían de moverse, infartadas por el frenético tambor de nuestras pestañas.
Que el mundo, en conclusión, nos cobraría comisión. Una comisión tan alta como la proporción de emociones expulsadas por litro de aire. También supe que, los bancos saldrían perdiendo simplemente intentando calcularla, y que sería el destino quien nos haría abonarla.






domingo, 26 de julio de 2015

Despeñando imaginables

Podría lanzar un suspiro al aire por cada cosa que pensé y no dije, o beber a carcajadas de la ironía que me pone en bandeja la vida. Podría venderme al sarcasmo y que mi cara apareciera en un barato diccionario de gasolinera junto al éxito del verano pasado. Son tantos los destellos que se desvanecen antes de que parpadeémos... Y eso, es justamente lo que los hace sumamente bellos.


No sé si el sitio al que me dirijo es mejor del que vengo, tampoco conozco si los ojos que ahora mismo se pasean por sus calles me llegarán a mirar en alguna ocasión, ni si encontraré aquéllos que pretendo buscar con el pretexto de que en su día me hicieron soñar. Quizás el reencuentro sea la peor opción para un final. Desconozco por completo la dirección de mis puntos y comas, me han demostrado en demasiados momentos que, no importa dónde los coloque, ellos sólo se dejan ver en el lugar al que quieren corresponder, y eso, me basta.


Si el caminar del humo por mi garganta alguna vez se vuelve mudo y ya no rasca, encontraré una lija más fuerte que mantenga mis signos vitales constantes. Una vez enterrado el dolor, sólo cabe esperar el suicidio de la inspiración.
He aprendido a convivir con los impulsos de la decepción y la traición, y debo decir que incluso los he hechado de menos cuando me los he quitado de encima para ducharme.


Mirando hacia atrás, no me consuelan aquellas falacias que hablan de la leyenda de una balanza equilibrada, - menos mal.
Mi locura nunca se dejó engañar, y aunque pareciera dormida, sólo estaba engañando a la razón. No somos más que lo que queremos ver, menos de lo que nos dejan ser y todo aquello que no viviremos para que alguien nos lo llegue a reconocer.

viernes, 17 de julio de 2015

Caos calmo

Madrugada incierta, dime tú que llevas aquí más tiempo que yo cómo se logra sobrevivir. Lo que antes era hielo ahora es granito, por mucho que los rayos de sol me abracen aquí dentro no llega el calor. Hoy compruebo bajo tu amargo cielo que la ausencia no es esencia, que se necesita perder alguna parte de uno mismo para sentirla, pero no cualquier parte, una a la que le hayas concedido el poder de dominarte. No somos cielo, no somos tierra; somos agua destilada que se pierde entre las gargantas que nos beben y que se evaporan al son de la vida, sin duda, la mayor canción suicida.

Quizás nuestra mecha haya sido apagada y ahora se debata entre el humo y la humedad de la lágrima que le ha caído encima, quizás nuestra esperanza esté despistada jugando al escondite en otro mundo ajeno al nuestro donde no existan principios ni finales, cárceles ni cementerios. 
Sin embargo, ningún quizás podrá jamás advertirnos de lo que vendrá.


Si a este cuerpo le falta inercia para pulsar la última tecla, si a esta cabeza se la ha escapado corriendo otra tuerca, si no hay satélite que me convenga ni rosas en la puerta, si la inspiración se ha quedado atascada en un cajón y no grita para ser escuchada, si mi piel ya no se eriza al notar la sal de la brisa, si mis ojos ven sin mirar y ya no creen en ningún lugar, si mis pasos tiemblan al saber que no se puede caminar marcha atrás en el tiempo, si el metal parece un fiel caballero al que merece la pena regalarle mi sangre…  No es que mi agua no se evapore, sino que mi corazón ha emprendido de nuevo su rumbo agarrándose a la certeza de que sólo estaba de paso por esta estación vacía, carente de alegría.

domingo, 12 de julio de 2015

Barcos a la deriva

Aun no sé muy bien por qué hemos aguantado este final sostenido durante tanto tiempo, lo que sí he sabido desde que comenzaron a arder nuestros recuerdos en vez de crear unos nuevos es que, acabaríamos anormalmente mal.
Quisimos ser demasiado, más de lo que nuestros caminos separados podrían haber soportado.

Quizás lo habríamos pasado mejor si sólo nos hubiéramos limitado a establecer una buena retirada a tiempo,  sin dejar espacio para el remordimiento, simplemente esperar a que la bomba nos alcanzara después, por separado, y aunque no niego que yo, por mi parte, lo intenté, primero intenté que todo -o algo - fuera bien y también después intenté escribir un punto en este capítulo de mi libro perdido, sin embargo, también sé, aunque no lo quiera ver que, los amantes por muy pasajeros que sean nos ciegamente con sus instantes de placer, y es tan complicado luchar contra la marea de la pasión, ya que por muy fuerte que nades a contracorriente, siempre, siempre, hay una fuerza superior a la tuya que te balancea sobre las olas y te acaba devolviendo a la arena.

Y ahora, pensar con el corazón en un quizás, es tan inútil como lanzar lágrimas al mar e intenrarlas encontrar.



" Y así seguimos, luchando como barcos contra la corriente, atraidos incesantemente hacia el pasado. "